CAPITALISMO

      Y EMANCIPACIÓN NACIONAL Y SOCIAL

      DE GÉNERO

      Iñaki Gil de San Vicente


      5-2).- DESALIENACIÓN DE LA MUJER Y CRISIS DE LA MASCULINIDAD:

      La mercantilización de la mujer en el capitalismo no se ha realizado sin resistencias, al contrario. De hecho, la línea roja que recorre la lucha de la mujer consiste precisamente en la oposición a las formas que en cada período adquiere la reducción de la mujer a simple mercancía con su valor de uso y de cambio. Sin poder profundizar aquí, la resistencia de las mujeres europeas a la mercantilización creciente desde el final de la edad media, cuando el comercio empieza a romper las viejas restricciones de todo tipo, va ascendiendo precisamente en contra de los nudos cruciales del nuevo orden; así, por ejemplo, ya desde los tempranos siglos XII y XIII las mujeres luchan decididamente para asegurar sus derechos de viudedad; poco después, desde el siglo XV luchan abiertamente contra la masiva costumbre de la violación y, por no extendernos, desde el siglo XVI en adelante luchan por entrar en el sistema educativo, en los colegios y universidades. El que fueran pocas estas mujeres y el que tardaran ese tiempo en hacerlo sólo muestra la aterradora fuerza alienante del sistema patriarco-feudal decadente y la astuta adaptabilidad del sistema patriarco-burgués ascendente para seguir sojuzgando a la mujer. Pero indica que la resistencia existía y que, dentro del silenciamiento casi total sobre la mujer, su intervención no podía ser anulada o suprimida de los registros masculinos.

      Una de las razones que explican a nuestro entender que los sistemas de control patriarco-clasistas no puedan silenciar definitivamente las luchas de las mujeres, es que estas atacan a la mercantilización que sufren. En la medida en que la lucha contra la mercantilización es la lucha contra el valor de cambio, contra el precio que tiene esa mujer en el mercado sexo-económico, en esa medida se ataca de raíz la lógica machista y sobre todo la burguesa. La rabia y el rechazo masculino que ello provoca explica que de algún modo u otro, con más o menos extensión, veracidad y objetividad, los medios de registro de la historia terminen reflejando la ira masculina por la emancipación femenina. Más aún, en la medida en que esa lucha contra el valor de cambio alcanza a afectar el valor de uso de la mujer, es decir, en la medida en que la mujer consigue ser ella misma la que determine libremente su vida, su valor de uso en una sociedad no controlada por los hombres, en esa medida el ataque a la lógica patriarcal es devastador y destructor. Hay que partir del hecho de que la mujer es una "mercancía" especial y única, y que por eso mismo su valor de uso debe ser definido desde criterios más cualitativos que los que definen al valor de uso de un trabajador masculino, que también es una mercancía para el patrón.

      En este sentido el valor de uso de la mujer debe ser definido antes que nada por su capacidad de crear vida, lo que hace que su emancipación pase fundamentalmente por la reapropiación de su cuerpo, de esa capacidad psicosomática global cualitativamente superior en todos los aspectos al hombre, como día a día lo confirman los estudios críticos. En este sentido, la alienación de la mujer debe ser definida como más grave y nefasta que la del hombre ya que si partimos de la tesis de la alienación es el paso universal del valor de uso al valor de cambio, tenemos que concluir en que la mujer que es expropiada de su libertad personal de decidir ella misma que va a hacer con su cuerpo y con los productos de su valor de uso, con sus hijos y con su descendencia. Cuando la mujer es rebajada a simple paridora, trabajadora polivalente y objeto de placer machista, es decir, mercantilizada, cuando por tanto se le asigna e impone un valor de cambio, entonces, su alienación es cualitativamente más grave que la que sufre un trabajador masculino que ve cómo el producto de su fuerza de trabajo le es expropiado por el sistema que le explota y él mismo es reducido a un apéndice de la máquina. Por eso, de un lado, la desalienación de la mujer, es decir la reconquista de su libertad de decisión de su propio valor de uso, debe ser más profunda, radical y sistemática que la desalienación del hombre y, de otro lado, éste mismo tiende a oponerse a esa liberación aunque sea la de su propia madre, hermana, amiga, vecina o mujer.

      Toda la experiencia acumulada confirma que el hombre siente pánico a la emancipación de la mujer, y que ese pánico, además, adquiere contenidos de caída de su autoestima machista, de crisis de su identidad de género masculino, de endurecimiento caracteriológico con una fuerte tendencia a estallidos de su agresividad y violencia, a la toma de posturas autoritarias y reaccionarias. No es casualidad, entonces, que las grandes reacciones de los hombres contra las mujeres surjan tras y contra los avances emancipadores de estas, vividos consciente o inconscientemente como un peligro por los hombres. La razón de la irracionalidad reactiva de la misoginia masculina hay que buscarla, según el grueso de la teoría crítica feminista o no, en que el hombre no sólo sabe conscientemente o sospecha e intuye la calidad y cantidad los beneficios que está perdiendo, sino que además, es su propia identidad masculina trabajosa y duramente formada a partir del alejamiento de su madre la que se está rompiendo por dentro mismo de sus anclajes inconscientes. Semejante dialéctica entre lo irracional y lo racional en las reacciones autoritarias y/o brutales masculinas contra la emancipación de la mujer nace precisamente de la compleja interacción entre las frustraciones y prohibiciones sentimentales inherentes a la formación de su identidad de género, con la certidumbre de lo que pierde con esa emancipación de la mujer.

      La adoración masculina al pene como seña identitaria básica asumida en el patriarcado por la inmensa mayoría de hombres, adoración históricamente innegable, tiene entre otras la función de reafirmar la endeblez esencial de la identidad masculina, surgida no como expresión de una existencia en sí misma, tal cual le ocurre a la identidad de la mujer, sino como una existencia a posteriori, secundaria, y que se debe reafirmar como reacción a la de la mujer, anterior ontogenética y filogenéticamente. El cambio cualitativo del capitalismo en la adoración penocéntrica consiste en que esta, de un lado, se viste de biologicismo y cienticismo; de otro lado, desde Freud y sobre todo desde la abstrusa verborrea de Lacan también se viste de psicologicismo y, por último, mediante la industria del consumo erótico de masas y de la pornografía machista, se ha convertido en un negocio en alza que limpia y desatasca las cañerías por las que el sistema capitalista quita presión al malestar colectivo masculino mediante la falsa gratificación de una líbido cargada de angustias y tensiones. De todas formas, este cambio capitalista aún siendo importante no es estrictamente necesario en los momentos cruciales de miedo masculino a los avances de la mujer pues, como veremos, bastantes de las grandes reacciones machistas simplemente se han impuesto con el recurso a la simple ferocidad penocéntrica.

      Sin ser exhaustivos, podemos hablar de dos grandes series de crisis de masculinidad, la que afecta al sistema patriarco-burgués con dos grandes crisis anteriores a la que estalló en la década de los setenta, y la que afecta al patriarco-"socialista" con dos grandes crisis. En los siglos XVII y XVIII surgió entre los hombres de las clases dominantes una división entre quienes optaron por unos valores próximos a los de las mujeres de su misma clase y quienes endurecieron los valores patriarcales. Ocurría que, como hemos visto más arriba, los avances en las reivindicaciones de la mujer entre los siglos XII-XVI habían dado un acelerón en el XVII, y ello había provocado la discrepancia en los hombres de esas clases. Unos, los menos, proponían en su práctica cotidiana que los hombres debían comportarse de una manera similar a las mujeres, pero la mayoría les acusaba del peor de los afeminamientos cuando no era así. De todos modos, la crisis no se resolvió mediante pactos y diálogos sino de manera brusca y tajante porque tanto la revolución norteamericana como la francesa, ambas burguesas, no sólo no hicieron casos a las demandas de las mujeres sino que encima endurecieron los códigos autoritarios patriarcales.

      La segunda crisis de la masculinidad patriarco-burguesa comenzó a finales del siglo XIX y aunque tuvo en el miedo al sufragismo feminista su primera manifestación, en realidad su miedo profundo provenía del nacimiento del feminismo socialista en el último tercio de ese siglo XIX. La agudización de las tensiones interimperialistas y sobre todo de las clasistas y feministas socialistas agravó el problema de la identidad masculina patriarco-burguesa. Uno de los secretos que explican tanto la ferocidad de las guerras de esa época, sobre todo de las dos guerras mundiales, como de la misoginia de los regímenes conservadores, autoritarios, contrarrevolucionarios, militaristas y nazi-fascistas, con sus apoyos de masas y su idolatría penocéntrica, y del comportamiento antifeminista de los cristianismos, uno de los secretos es el del miedo masculino a la emancipación de la mujer en general y sobre todo al de la mujer trabajadora que denunciaba la familia patriarco-obrera, que exigía el derecho al trabajo asalariado en las mismas condiciones que los hombres, que se lanzaba a la huelga, que estaba en las barricadas y hasta en la clandestinidad revolucionaria.

      La tercera crisis surgió en los años setenta ante los avances del feminismo de los sesenta y sobre todo ante el imparable deterioro del poder masculino en todas las instituciones familiares por la entrada creciente de las mujeres en el trabajo asalariado, por su cualificación universitaria, por su relativa emancipación sexual y amorosa, por sus opciones políticas de izquierda que se habían demostrado fehacientemente en las luchas que recorriendo todo el capitalismo desarrollado desde mediados de los sesenta hasta comienzos de los ochenta, por la participación de las mujeres del llamado "tercer mundo" en las guerras de emancipación nacional y social de sus pueblos, etc. Uno de los secretos de la dureza contra las mujeres del llamado "neoliberalismo" radica en que la burguesía reaccionó activando el viejo individualismo machista del hombre solitario y egoísta que triunfa en la vida y mantiene a su familia y a su mujer sin tener que trabajar esta fuera de casa; activación reforzada con la excusa de racionalizar la producción, reducir costos, etc., lo que llevaba a expulsar obreras, reducir salarios sociales y ayudas públicas a las mujeres, y todo lo que hemos visto anteriormente ataque no hubiera tenido el relativo éxito que tuvo si no llega a obtener el apoyo del reformismo político-sindical machista y sin la legitimación simultánea de sexualidad zafia, agresiva y penocéntrica destinada a recuperar la autoconfianza del macho en su virilidad cuestionada por el aumento de la conciencia y del aprendizaje sexual de las mujeres.

      Aunque aún es pronto para evaluar históricamente las peculiaridades del sistema patriarco-"socialista", sin entrar ahora al debate sobre qué es el socialismo, pues comparándolo con el sistema patriarco-burgués es muy joven, si sabemos que su primera crisis de identidad masculina la sufrió a los pocos años de victoria de la revolución de 1917. Desgraciada pero significativamente, en cuanto explica la fuerza alienadora del capitalismo y la dejadez de las izquierdas para mantener la memoria de sus victorias innegables, la inmensa mayoría del movimiento feminista desconoce los cualitativos avances y conquistas que supuso para la mujer la revolución de 1917, al igual que todas las demás revoluciones. Pero ahora no es el momento para explayarnos en aquellos logros que aportan lecciones que recordaremos en el siguiente y último apartado de este texto.

      Ahora nos interesa indicar que la reacción machista se produjo simultáneamente a la burocratización del poder y al debilitamiento de la democracia socialista, con sus secuelas de retroceso de la participación obrera y popular en el proceso revolucionario. Conforme la década de los veinte se agotaba y comenzaba la de los treinta, la burocracia se fortaleció como poder y aunque no llegó a constituirse en una "nueva clase dominante", si se arrogó unos derechos impropios de un sistema socialista. Una de las fuerzas de ese retroceso era la del renacido machismo que ahora con los ropajes "socialistas" -con comillas- recortaba los avances anteriores, fundamentalmente los que aseguraban la destrucción de la familia anterior, la creación de formas de vida comunales y colectivas, las experiencias de otras relaciones sexuales, el avance en otras formas de socialización de la infancia y de la pedagogía socialista, etc. Sin embargo, quedaron sin tocar derechos de la mujer muy superiores en la práctica a los que estas disponían en los Estados burgueses más "democráticos", por no hablar de los más reaccionarios y machistas.

      Precisamente, la segunda crisis de la masculinidad patriarco-"socialista" surge cuando las burocracias dominantes en esos regímenes deciden acelerar su proceso de constitución de clases social burguesa, destruyendo los restos de derechos socialistas e intentando legalizar la propiedad privada de los medios de producción. Esta contrarrevolución se produce en medio del retroceso socioeconómico y caída en la crisis desde comienzos de los ochenta, y en medio del hundimiento del orgullo y autoestima colectiva de ser, en la URSS, la segunda potencial mundial y la primera incluso en algunas cuestiones. La chula prepotencia del imperialismo norteamericano no hace sino agravar esa crisis de identidad. Lo que sucede en el sistema patriarco-"socialista" es que todavía las mujeres mantenían derechos incompatibles con la propiedad privada de los medios de producción y con la definitiva mercantilización de su valor de uso, imposible de realizarse objetivamente porque todavía el valor de cambio estaba controlado por leyes no capitalistas aunque tampoco socialistas al menos en el sentido de los clásicos marxistas. Una de las condiciones que impusieron los piratas capitalistas cuando fueron a "racionalizar" la agotada economía "socialista" fue la de aniquilar definitivamente los restos de derechos de la mujer supervivientes desde 1917. Los hombres no tuvieron ningún reparo en hacerlo, y además estaban deseando una excusa porque la precarización de su existencia por la crisis general del sistema les impulsaba a descargar sus costos y sacrificios sobre las mujeres, pero no podían hacerlo definitivamente sin destruir la totalidad de los logros de 1917. Tras la quiebra del "socialismo" las mujeres han sido las que más han retrocedido en todos los aspectos.


      5-3).- Ciudadanía masculina europea y naciones oprimidas.

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